LA HISTORIA DEL JÍBARO

Llevo noches enteras tratando de recordar en qué momento de mi vida termine metido en esto; de lo poco que me ha llegado no son más que algunos triunfos, momentos divertidos y rotundos fracasos dignos de película. Menos aún recuerdo de donde salió esta marca El Jíbaro, lo que sí recuerdo son los ojos de muchos diciendo NO, eso no es un buen nombre para un negocio, cualquier otra cantidad de locuras y causales de aborto para el proyecto.

Para empezar, creo tener una idea de lo que es el café, cuando trabajé en un restaurante de lo más lujoso que hubo, todo un titanic (literal porque termino igual), probé y entendí lo que se le llama cappuccino y como todo el mundo a la primera, odié ese trago amargo, eso que le dicen expresso y para los puritanos, espresso (con acento italiano), pero de ahí no pase hasta conocer a una persona que años después considero de esos amigos que te da la profesión.

Pasó tiempo, ese amigo montó su café, un lugar precioso y de buen gusto, me maltrato (es su forma de dar amor) de todas las formas por aprender los pormenores del oficio; me enrollé tanto que decidí conocer más del proceso aprovechando, que como clientes teníamos caficultores de la zona.

Un día de la nada aparece mi querida madre y me dice “Cami, hay un señor indígena del Cauca (región de Colombia) que tiene un café verde y lo vende economico ¿Por qué no lo procesa para vender?  Y bueno, aprendí por la fuerza sobre calidad de café, tostión y almacenamiento; de ahí se fueron sumando socios, personas que creyeron en esto, sin siquiera yo saber para donde iba, de hecho, me atrevo a decir que no sabía ni lo que hacía.

Fueron más o menos cinco marcas de café y mucho aprendizaje en cada una, hasta que cansado de hacer lo mismo que todos hacen, vender café de origen, algún proceso diferencial o la mejor tostión, dije no, yo no; yo quería divertirme con el café. El nombre ya me estaba rondando en las ideas, dije ¿porque no? Me senté y diseñé el logo, así fue como nació El Jíbaro, para los que el nombre no significa nada, en Colombia, significa dealer de droga, pero en centroamérica es la persona que trabaja el campo.

Así fue como arrancó la locura, iba por todo, a comerme o tomarme el mundo con El Jíbaro, ser el mejor café antes visto, con orígenes exóticos, nunca uno igual, tostiones híper controladas, experimentos de fermentación y cualquier cantidad de locuras. Consumido detrás de la tostadora y con el tiempo de sobra para tostar a otros productores inicie otra línea de negocio que fue maquilar café; termine abandonando mi propia línea de café (me tocaba hacer las entregas, tostar, moler, empacar y vender a mí, sin contar que debía ir a fincas para comprar el café de procesar) los costos no daban para pagarle a alguien que ayudara. Opte por recomendar las marcas de los cafés que yo procesaba.

Para continuar la locura, con mi hoy esposa decidimos montar una tienda para vender café en un lugar muy popular, en un barrio aún más popular, con la esperanza de vender algo más que solo café, pues al principio como todo, viento en popa, vendíamos para sostenerlo y ahora debía partirme en no sé cuántas partes, tostar, atender la barra y por ese tiempo acepte tostar para otra marca con planta de procesado propio para obtener algo más de ingresos fijos.

Para ser breve, no aguanté, vendí la tostadora, le dedique más tiempo a la barra, pero casi simultáneamente callo la temporada baja del sector y empecé a ver la cosa de otro color; para no alargar la historia decidimos entregar el local con el sabor agrio en la boca y sin un peso (lo que pasó ahí es digno de otro artículo).

Con todo esto y casi al borde de enloquecer me dije, esto no está bien, algo pasa… fui a un amigo psicólogo, dispuesto a exorcizarme mentalmente para replantear mi vida y decidí dar un respiro al aroma seductor del café, estudié diseño gráfico y seguí tomando fotografías para restaurantes, como fotógrafo de alimentos (mi otro oficio, paralelo al de la gastronomía), tal vez han pasado dos años o más de reformular esta adicción al café sin que me hiciera daño, reuniendo mis dos pasiones, el café y la fotografía.

Hoy inicia una etapa obviamente mejor pensada de El Jíbaro, que pretende apoyar a los que están hoy en la lucha del negocio, en cualquier eslabón de la cadena para encontrar soluciones creativas de comunicación con el cliente, con el amante del café a quien cariñosamente le digo adicto, al mismo tiempo busco enseñar a pensar, vivir y respirar el café como un momento y no como un producto, no para adiestrar con cursos idealizados donde te dan un método sagrado de preparación, sino más bien una aventura para explorar qué es lo que más te gusta y disfrutar de la bebida.

Sin más palabras te invito a seguir de la mano esta aventura suscribiéndote a nuestro correo, uniéndote al grupo de telegram, en Facebook, Instagram y si quieres apoyar con la causa económica entra aquí, para donar una taza de café y que no se acabe la inspiración.

En cuanto a los servicios que presto puedes conocerlos aquí.

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